Ya no tengo nada que extrañarte.

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Te comencé a extrañar en el momento en que supe que podía tomar tus labios para pronunciar mis palabras.


Te comencé a extrañar desde que me prestaste tus lentes para ver mi mundo.


Te comencé a extrañar desde que tomaste las riendas de mis pensamientos duales y los convertiste en uno sólo. Tú.


Te comencé a extrañar desde la primera vez que viajé en mis sueños a tu cama y amanecimos juntos.


Te comencé a extrañar desde la primera vez que salvamos la ilusión y volvimos a respirarnos.


Te comencé a extrañar desde que de nervios me hacías reír y con frases imponentes me hacías callar.


Te comencé a extrañar desde que dejé de decirte te quiero en vano.


Te comencé a extrañar desde que comencé a escribir tu nombre mil veces.
Te comencé a extrañar desde que tus historias las sentí mías.


Te comencé a extrañar desde que tus palabras penetraban el fondo de mis venas.


Y así fue, como desde que ya no tuve nada que extrañarte, comencé a olvidarte

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